Pepe Mujica, ciclista

Antes que presidente o guerrillero, Pepe Mujica fue ciclista: un joven que aprendió unas cuantas cosas sobre el equilibrio pedaleando por caminos de tierra. Hoy, en su chacra, varios meses después de su muerte, la bicicleta sigue apoyada contra el muro como un emblema discreto. Con ella ganó algunas carreras, perdió muchas, y supo que el aire en contra también puede ser maestro. Aquí la historia de un hombre sencillo que corría en dos ruedas por las rutas de Montevideo y Canelones.

POR Fermín Méndez (Mintxo)

Noviembre 04 2025
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Archivo personal José Mujica

Hay un sillón medio desvencijado, atrás una ventana, una pared con revoques, unos canastos de mimbre, al lado la estufa a leña. Adentro, en la chacra humilde de su vida gigante, el hombre y el fuego: “el poder no cambia a las personas; solo revela lo que verdaderamente sos”. De frente y en la mira, su bicicleta, la misma que compró vendiendo flores cuando tenía 13 años. 

Arriba de ella Pepe Mujica descubrió que a los sueños hay que pelearlos para que sean menos sueños y más realidad. Hubo algo del mundo que vendría después que se anidó en los primeros caminos polvorientos que surcó. Sus pedaleadas fueron forjando su carácter, sus utopías, el comienzo de su aventura, por qué no su refugio, también su espacio de libertad, el cultivo de la resistencia que lo mantendría de pie hasta el último momento. 

El cuadro (o marco) dice Peugeot y es azul con detalles amarillos en las uniones. Delante, bajo el manillar, tiene una chapa con la marca como un emblema de otro tiempo. Hay otras señas que hablan del pasado: la palanca de cambios en el cuadro, abajo, cerca de donde se empuña el destino cuando se corre; los cables de los frenos como jorobas. El esqueleto se conserva original; las cintas del manillar, el asiento y las cubiertas forman parte de lo nuevo. Decía el Pepe que la tenía impecable por si un día, como por arte de magia, le naciera una esperanza y los huesos le respondieran para andar un poquito. 

Mujica amó un montón, y en ese pelotón donde llevó al pueblo a rueda siempre declaró su amor incondicional por el ciclismo. No porque sea elegante sino por placentero. Dijo: “Porque se disfruta con la misma intensidad con la que se puede disfrutar un plato de tallarines”.

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Mujica nació en Paso de la Arena, a las afueras de Montevideo. Dice su documento de identidad que fue en 1935, aunque más de una vez contó que tenía un año cuando lo inscribieron, tarde, por vivir en aquella zona suburbana. A los 8 años falleció su padre y poco tiempo después su madre, Lucy, le dio potestades de hombrecito de la casa para que la ayudara.

Entre obligación y practicidad para moverse, la bicicleta empezó a ser su aliada: buscar fuera lo que no hay en casa, romper la barrera, ensanchar las oportunidades. Tuvo amigos que no sabían andar en bici y dedicó veranos para enseñarles: el pelotón es el corazón del ciclismo.

De ir en bici a la panadería del barrio para comprar el pan y desear bizcochos, terminó ayudando al panadero, Emilio Murdoch, y consiguió su primer curro sin dejar la escuela, como le exigió su madre.

Aquella primera chiva también se transformó en el primer medio de transporte para que el niño Pepe aprendiera el oficio de florista. La idea era tener otro trabajo para poder sumar vintenes en su casa y terminó forjando un oficio para toda la vida. 

Una familia japonesa fue la responsable del comienzo de aquella historia. Los Tanaka habían llegado al Uruguay escapando de la guerra. No eran los únicos: en Paso de la Arena y alrededores hubo una colonia nipona que se fue formando entre 1930 y 1940. Los Tanaka, específicamente, eran floricultores. Pepe empezó podando y, poco a poco, fue entendiendo cómo hacer para que nacieran flores de colores que sostuvieran la trinchera que formaron con su madre y su hermana dos años menor. Al tiempito armaban ramos que Pepe, por lo general con un amigo a quien le decía Nene, salía a vender en esquinas o ferias barriales. Casualidades de la vida: llegó a venderle flores a Luis Batlle Berres, por entonces presidente del Uruguay.

Nene, Dilermondo Do Reis, amigo de Mujica prácticamente desde el minuto cero, es un gregario de lujo en esta historia. Juntos pedalearon cuando la bicicleta fue el método para extender los mapas y hacerse grandes: salir de su barrio para conocer una Montevideo enorme, heterogénea; ir a ciudades cercanas, ver otras realidades de primera mano; romper los límites: lo que siempre hizo Mujica, en suma.

Y en esas tardes de pedaleo no fueron pocas las charlas en donde fantasearon ser ciclistas profesionales como su ídolo, Atilio François, uno de los grandes deportistas de la historia de Uruguay, que por el tiempo en que Pepe y Nene tenían sus primeros granos adolescentes ya había sido vicecampeón del mundo –en persecución individual en el Campeonato Mundial de Ciclismo en Pista UCI de 1947 en París– y un año más tarde cuarto en los Juegos Olímpicos de Londres –persecución por equipos–. También durante esa época había ganado tres veces seguidas la Vuelta Ciclista del Uruguay –del 46 al 48– y una Mil Millas Argentinas –donde, en La Plata, ganó cruzando la meta con la bicicleta al hombro tras romperla (y romperse) en una caída–. Lo llamaban Atilio “El León de Carmelo” François.

La ciudad de Carmelo es un punto clave en la historia de Mujica, no solo por la idolatría de François. Allí, más precisamente en Colonia Estrella, a 3 km de Carmelo, residían los abuelos maternos del Pepe, piamonteses que vivían de trabajar la tierra. No fueron pocos los veranos que Mujica pasó en aquel lugar, por lo general con la bicicleta como diversión.

Digresión: si es que la genética de los antepasados puede predeterminar algunas cosas del futuro, Mujica tenía sangre vasca por el lado de su padre, italiana por el lado de su madre, más la uruguaya per se. Euskadi es ciclismo –dentro de todo lo que es–, Italia transpira ciclismo –con todo lo que ha sudado– y Uruguay vibra ciclismo –entre medallas y tradición–. Heredero de un linaje que no sabía a dónde lo llevaba, Pepe agarró la bicicleta.

En la práctica, lo que cabe señalar es que el niño Pepe no eligió el fútbol, donde Uruguay ya era grande tras el bicampeonato olímpico en 1924 y 1928 y por ganar la primera Copa del Mundo en 1930, sino el ciclismo, otro deporte metido en el corazón de las clases populares, un lugar del que Mujica tampoco se desprendería jamás. 

Desde ahí, o desde antes, o tal vez desde siempre, tenía el sueño de comprarse una bicicleta como la quiere un chiquilín cualquiera: con deseo, con inocencia, porque se le antojaba. Y, como no tenía un peso partido a la mitad, a los 13 años se compró una de carrera en 12 cuotas que pagó vendiendo flores. Y se compró la Peugeot, que no solo le dio vida en ese tiempo, sino que lo acompañaría hasta el día de su partida: fue una de las últimas cosas que vio desde su lecho de muerte.

 

Pepe Mujica junto a su bicicleta de toda la vida. Crédito: Archivo personal de Lucía Topolansky.

 

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Pepe se subió a aquella bici y pedaleó y pedaleó. Sin rumbo, aunque en todas las direcciones: 40 km de ruta hasta Canelones, 80 km para llegar a la capital de San José, 100 km hasta Florida. Sin descuidar el negocio familiar, pedalear como destino.

Tanto le dio al pedal que Pepe Mujica terminó siendo deportista federado antes que cualquier otro Mujica de los que fue. Repartió el tiempo de trabajar la tierra con los entrenamientos y, al rato de tener la bicicleta de sus sueños, corría en categoría Novicios –juveniles–, y luego fue ascendiendo a tercera, segunda, hasta debutar con los cracks del momento en primera.

Unas páginas amarillas de El Diario de setiembre de 1952, cuando Pepe transitaba los 17 años, lo tienen inmortalizado en una llegada donde fue cuarto en el sprint final. Tendrá ese recorte en su casa porque tal vez haya sido su primera página de la gloria.

Ese cuarto puesto fue en una fecha del Campeonato Universitario que Mujica bien pudo ganar: dos etapas y Pepe ganó la primera, un tramo de 13 km a contrarreloj en el que marcó 20 minutos 38 segundos. Alguna vez el Pepe contó que fue corriendo a contarle a su madre sobre aquel debut triunfal, una imagen maravillosa, conmovedora, que nace en la ingenuidad de cualquier niño y habla del amor por el amor.

La segunda etapa la ganó un tal César Piccorelle, que con la bonificación le arrebató a Mujica el primer premio de la clasificación general. Tal vez esto también se lo contó a la vieja porque, como dirá mucho tiempo después, “triunfar en la vida no es ganar, triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”.

Pero Mujica no descansaría hasta ser primero. Una obviedad: nunca se lo hubiese permitido. Con la terquedad que lo caracterizaba desde aquella época continuó con el doble horario de vida. Se entrenaba bien temprano en la mañana y luego a repartir el tiempo entre la floricultura y el estudio. No es menor que por aquel tiempo empezó a asistir a reuniones de la Agrupación Reforma Universitaria, la ARU, un movimiento creado por estudiantes con el objetivo de cuestionar el sistema político y social. Como una mélange: entrenarse, trabajar, estudiar, comprometerse. 

A lo nuestro. Cabeza gacha, hombros apretados, culito pegado al sillín, concentración y cadencia, el susurro del pedaleo, la esperanza llevada a cuestas. Sus amigotes y él primero corrieron sin equipo, después pasaron al club Tomkinson y luego Pepe, ya dejando atrás a sus colegas, continuó su camino en el club Universal de Canelones con un maillot azul de vivos blancos que nunca olvidó.

Ciclismo en la piel: Mujica iba a las carreras pedaleando porque sus equipos eran de pocos recursos y contratar a alguien para que los llevara era inalcanzable.

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Era una época donde el ciclismo era masivo en Uruguay. Se corría mucho todo el tiempo y con pelotones grandes desde las categorías juveniles, lo que despertaba la efervescencia del público, también masivo, que acompañaba en rutas, circuitos y, más que más, en las llegadas: los aficionados, a medida que iban llegando, estacionaban sus bicicletas en el cordón de la vereda, formándose una especie de vallado para cuando llegara el sprint final. 

Un recorte de cielo, la fila de árboles, el sol de otoño que no se distrae con el murmullo del pelotón. El domingo 26 de abril de 1953 Pepe arrancó temprano para Canelones, ciudad donde estaba federado su club. Aún sin cumplir la mayoría de edad, corrió en segunda categoría una fecha del Premio Federación. Llegó segundo detrás de Luis Chiazzaro. No hay detalles de la carrera en La revista del pedal de ese mes, pero sí fotos donde su vencedor posa victorioso; Pepe no apareció, pero sí su compañero de equipo, Ademar Saldombide. Sin embargo, como Pepe todavía pertenecía a una categoría menor fue el ganador en tercera.

En mayo del 53 llegó un nuevo desafío, el Campeonato Nacional de Resistencia de Tercera. Fueron 116 km corridos media hora después de que se largara la Doble San José –Gran Premio Pirelli, decían las marquesinas– donde compitieron nombres importantes del ciclismo uruguayo como Dante Sudatti –ganador de la Vuelta del Uruguay en 1952–; Luis Pedro Serra y Sixto García –primero y segundo, respectivamente, de la Vuelta de ese año–; y, entre otros, el italiano Mario Debenedetti –que llegó a Uruguay a causa de la Segunda Guerra Mundial, ciclista que supo correr, entre otras carreras, el Giro de Italia de 1940 donde Gino Bartali fue el mejor escalador y cuyo ganador, en 9 de junio, fue un joven llamado Fausto Coppi. Un día después el Reino de Italia le declaró la guerra a Francia y Gran Bretaña, y el Giro no se correrá hasta 1946–.

Paradito en la línea de largada de aquella fecha del campeonato de Resistencia, Pepe lucía impecable su maillot del Universal. Manuel Quevedo y Carlos Lefevre fueron sus compañeros. Los diarios del lunes no le prestaron atención a lo que hicieron los juveniles, pero sí dijeron que hubo varios intentos de fuga donde Pepe pudo andar metido –sabremos mucho tiempo después que eso de las fugas se le daba bien a Mujica–. No logró definir y la carrera la ganó Walter Gastaldi.

Enero del 54 tuvo a Pepe iniciando su camino como ciclista de primera con 18 años. No profesional como aquel sueño primitivo, pero sí en la máxima categoría del país. En esos días del verano, el chiquilín que ya era hombre seguía soñando con ser profesional y puso como objetivo la Doble Nueva Helvecia, que constó de dos etapas de 150 km cada una. Como compañero del Universal fue Juan Etcheverry. Pepe Mujica, ahora sí, se metió en el pelotón de los nombres grandes: además del tano Debenedetti, Sudatti y Serra, estuvieron, por citar solo dos, Virgilio Pereyra –Olímpico en Helsinki 52, ganador de la Vuelta del Uruguay en 1950, una carrera que le despojaron a otro italiano exiliado, Primo Zuccotti– y Alberto Camilo Velázquez –quien después se convertiría en el ciclista uruguayo con más títulos internacionales de la historia del país, gran especialista en pista, Olímpico en Melbourne 56 y Roma 60–. “No era moco de pavo”, diría Mujica sobre aquellas competencias.

La crónica de la época reza que en la primera etapa se dieron varios intentos de fuga. Pepe no se metió en ninguna y terminó en el puesto 23 entre 26 ciclistas: sufrió. Pero rendirse jamás y retroceder solo para tomar impulso: en la segunda etapa, que ganó Velázquez escapado, Mujica entró en el octavo lugar junto a cuatro corredores más. Con ese tiempo el Pepe terminó 12.º en la general, que ganó el propio Velázquez, a quien le pagaron 150 pesos de premio.

A finales de abril, Mujica se paró en la raya de largada de una carrera organizada por Peñarol, grande del ciclismo por aquel tiempo. Era una Doble Sarandí Grande solo para competidores de primera categoría y ahí estaba Pepe, nuevamente con Etcheverry como compañero. Fueron tres etapas con un total de 340 km. Las dos primeras fueron el sábado 1.º de mayo: 160 km de ruta por la mañana, 50 km contrarreloj por la tarde –cuando largaron por “estricto sorteo” y no por cómo llegaron en la etapa inicial–. Por el feriado del Día de los Trabajadores el domingo 2 no hubo diarios, pero las páginas del lunes señalaban que Etcheverry, compañero del Pepe, había terminado 11.º en la general y ya lo destacaban como una joven promesa del ciclismo uruguayo. Mujica, en cambio, no aparece en la lista de quienes llegaron.

Una semana después Pepe Mujica no estuvo en la Doble San Marcos, que tuvo una historia trágica: Alfredo Demarco, ciclista del Liverpool, sufrió un accidente y terminó perdiendo la vida. Quedó un clima tenso, incómodo, una angustia de las irreparables.

Ya con 19 años Pepe seguía con su Universal, pero lo que parecía ser el principio de una historia terminó siendo otra cosa. Jugó el destino sus dados y un fin de semana, en una Doble San Jacinto, Mujica se accidentó y sintió por primera vez que “la vida humana es un milagro. Nada vale más que la vida”. 

Fue tan grande el revolcón que se rompió las rodillas y pasó un buen tiempo en la cama con las piernas hacia arriba y sin atención médica porque, sabía, en su club no tenían la posibilidad de ayudarlo y en su casa la plata se necesitaba para parar la olla. 

¿Adiós al ciclismo? Nunca.

Si bien entre la piel escamoteada se perdía su sueño de ser ciclista profesional, lejos estábamos de que Mujica y el ciclismo terminaran su relación. 

 

Recorte de prensa sobre Pepe en el Torneo Universitario de Ciclismo de 1952. Archivo personal de Lucía Topolansky.

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Otra vida comenzó, otra vez la bicicleta siempre cerca. En chiva el Pepe iba a estudiar a la biblioteca de la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, y en la chiva se dirigía hasta las reuniones de los trabajadores de la carne, que por aquel entonces estaban en lucha; pedaleando llegaba a las reuniones con Enrique Erro, hombre de fuste del Partido Nacional con quien Mujica dio sus primeros pasos políticos, aunque después, cuento conocido, se desmarcaría para siempre de esa senda para trillar su propio camino por la raya izquierda. Fue un tiempo en el que empezó a madurar lo que diría mucho después: “El primer requisito de la política es la honradez intelectual. Si no existe la honradez intelectual todo lo demás es inútil. Porque a la larga no hay mejor lenguaje que la verdad”.

En bici, también y no menos importante, iba a encontrarse con sus amigos, un cultivo al que Mujica le dedicó siempre mucho tiempo porque no hay lucha posible en soledad. Es cierto, él lo dijo en reiteradas ocasiones, que las magulladuras del accidente en carrera lo llevaron a retirarse del deporte, pero también era notorio que Pepe repartía su vida por varios frentes y no podía afrontarlos a todos con la misma intensidad. No solo precisaba tiempo: quería tiempo de calidad.

A medida que daba pasos en su formación política, Pepe Mujica empezó a comprender que el mundo que lo rodeaba podía funcionar mejor, más equitativamente. Vendría el tiempo del desencanto con lo establecido, las reuniones entre estudiantes primero, con obreros y campesinos después, también las clases con profesores de alto vuelo intelectual, como las de Francisco “Paco” Espínola o las del español José Bergamín, a quien el exilio, luego de un periplo por México y Venezuela, trajo a Montevideo tras la aún incipiente dictadura de Franco. Con ellos y entre ellos, porque lo que empezaba en las clases muchas veces continuaba en los bares, Mujica no paró de formarse y sumar conocimientos. 

Todavía no sería el tiempo del nacimiento del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T); era momento de seguir con la bicicleta cerca: Pepe y su amigo Nene, que ya no pedaleaba pero tenía una moto Triumph 500, se embarcaron en la empresa de acompañar algunas etapas de la Vuelta Ciclista del Uruguay que tanto soñó correr. ¿Y qué hacían? Se ponían a la orden de los equipos que no tenían acompañantes, que no tenían poder económico, que transitaban los caminos como podían. Ahí el lugar del Pepe Mujica: una concepción ideológica es una concepción ideológica, una mirada política es una mirada política.

En aquella Vuelta del 59, además de estar al servicio de los más necesitados del pelotón –sin metáforas–, Mujica aprovechó el recorrido por el norte del país para ver cómo vivía la gente del Uruguay profundo, realidades bien distintas a las que se podían observar en Montevideo o en ciudades más cercanas al área metropolitana. Conocer, y conocerse, fue también hacerse invencible. Hubo un germen ahí. Porque su vida tendría bamboleos, búsquedas, y se puede estar más cerca o más lejos de lo que hizo Pepe Mujica, pero es difícil discutirle desde qué lugar, antes de subirse o después de bajarse de la bicicleta, se apoyó para mirar el mundo.

A propósito de la bici, en ella se trasladó a varias reuniones en donde se empezaba a hablar de la lucha armada, de las revoluciones latinoamericanas como alternativa al imperio y su explotación. Cambiaría la década y serían otras las necesidades, sus necesidades. Ya no aquellos años cincuenta embrionarios y el sueño de ser ciclista, ahora los sesenta y poco a poco la lucha en las calles, en las ciudades tomadas, en los asaltos por armas, en la clandestinidad de los montes o las cloacas, en la pulseada de poder con aciertos y errores, con secuestros y asesinatos, con fugas y caídas. Toda la década así, con el MLN en la sangre. 

En 1970, la policía, que tenía vía libre tras las Medidas Prontas de Seguridad que el Estado uruguayo decidió implementar, lo atrapó, justamente en un bar llamado La Vía, mientras brindaba con varios compañeros. Mujica tupamaro vivía en la clandestinidad, pero luego de una reunión en la que planificaron un robo quiso ir a tomar algo. Alguien los delató. Redada. Le pegaron unos balazos y Mujica cayó. Abatido, un policía lo miró a los ojos y volvió a disparar. No pudieron con él. Se recuperó en el Hospital Militar. 

Fue preso al Penal de Punta Carretas, en donde se reencontró con muchos compañeros tupamaros. Planearon una fuga y la lograron. De película: con pequeños fierros fueron cavando un túnel que atravesó tres pisos y prácticamente media cuadra para unirlo con otro túnel que se fue haciendo desde el exterior. 111 presos, de los cuales 106 eran guerrilleros, se escaparon en la madrugada del 6 de setiembre, dejando asentado en los récords de la historia la fuga más numerosa de presos políticos que se haya registrado en el mundo. “El abuso”, así se denominó. Literal.

Duró poco aquella libertad. Muchos guerrilleros se fueron exiliados para donde pudieron, otros no tuvieron suerte y murieron, el resto volvió a caer en cana: Pepe Mujica fue recapturado en 1972. En 1973 la democracia uruguaya se hizo añicos y los militares tomaron el poder. La dictadura se impuso hasta 1985. Durante esos 12 años, Pepe Mujica estuvo preso en las peores condiciones humanas. Fue humillado, torturado hasta el cansancio, escondido en cuarteles, prácticamente enterrado en pozos donde apenas entraba el aire y la luz; escuchó a las hormigas, se hizo amigo de las ratas para no sentirse solo, más de una vez soñó –deliró, también– con su bicicleta. Resistió.

***

En 1985 el Pepe recobró la libertad y no se fue en bici porque no se la dejaron cerca de la cárcel. En el 86 volvió a la arena política. Algunos años después, en 1994, fue electo diputado por el Movimiento de Participación Popular (MPP): primer tupamaro en lograrlo. En cinco años su sector y su tarea no pararon de crecer, y en 1999 fue elegido senador de la República. No faltaría mucho para que el MPP se transformara en un actor principal dentro de la izquierda reunida en el Frente Amplio, que logrará en 2004 ganar las elecciones nacionales por primera vez en su historia. Tabaré Vázquez, presidente electo, le dio al Pepe la responsabilidad de ser el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca. No fue un ministro de cuatro paredes y aferrado al libro gordo de Petete: metió las manos en el barro, fiel a su historia; “soy un terrón con patas”, como él mismo se definió. 

Hubo más: en 2009 se convirtió en el presidente más votado de la historia de Uruguay.

A propósito, en el inicio de esa cruzada previa que lo depositaría como máximo mandatario, Mujica ideó una forma peculiar de hacer campaña política: bicicleteadas.

Más que publicidad, hablar con la gente. Así lo definía Pepe. El hombre y su barra del Movimiento de Participación Popular recorrieron los barrios de Montevideo en su vieja bici Peugeot, algo restaurada pero con la mayoría de fierros originales. Mujica, por lo general de camisa con el cuello abierto y los pantalones remangados, encabezaba el pelotón de aquellas rodadas que terminaban en alguna plaza con charlas y discursos, siempre tomando mate, nunca con falta de ideas, de lengua punzante, de oídos finos. Así, tête-à-tête, Pepe y los suyos fueron discutiendo las bases programáticas de lo que después sería su gobierno.

Bajo su mandato, contra viento y marea entre quienes no saben distinguir quién es un verdadero malla oro, se promulgaron leyes de alto impacto social: se despenalizó y legalizó la interrupción voluntaria del embarazo; se legalizó el matrimonio igualitario; se creó la Universidad Tecnológica del Uruguay y sus puertas se abrieron por todo el país; se legalizó y reguló la producción, distribución y venta de cannabis –con el Estado como garante– y el planeta quiso saber cómo. Tantas victorias llevaron a que Pepe fuera candidatado al Premio Nobel de la Paz, pero antes de que la propuesta avanzara contestó que el mundo era un “desastre” y él no podía ni debía “aceptar premios a la paz en las condiciones de este mundo”.

***

En su vida, a medida que su pedaleo lo llevó por distintos lugares, el Pepe cargó siempre con su historia. Dueño de una forma de decir única, era calificado como un viejo sabio por quienes estuvieron cerca en su vida. Y así destacan cuando se paró en la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, para decir que “la codicia, tan negativa y tanto motor de la historia […] nos precipita a un abismo brumoso, a una historia que no conocemos, a una época sin historia y nos estamos quedando sin ojos ni inteligencia colectiva”; o cuando en la cumbre de la Unión Suramericana de Naciones (Unasur) de Guayaquil dijo: “No tengo vocación de héroe. Tengo, sí, una especie de fuego adentro: me retoba la injusticia social, las diferencias de clase”. 

Donde fuera que lo llamaran, ante auditorios con gente de traje y corbata o vestidos pomposos, frente a los de a pie que siempre fueron los suyos, siempre sin perder la posibilidad de decir que “añoro aquella juventud de corazón abierto, que equivocadamente o no lo entregaba todo y no se guardaba nada para sí mismo”, o recalcar que “el consumismo no es la elección de la verdadera aristocracia de la humanidad: es la elección de los noveleros y frívolos”, aprovechaba para decir sus verdades que no fueron otra cosa que insumos para razonar o imaginar y hasta desear un mundo mejor –más justo, al menos–. Y aparte o dentro de todo eso, no son pocos quienes mencionan que él, siempre que podía, hablaba de la bicicleta.

 

 Archivo personal José Mujica. 

 

La lista de testimonios sería interminable, pero hay algunos legendarios que vale la pena repasar. Por ejemplo, el que Eleuterio Fernández Huidobro utilizó para presentarlo en el primer tomo de Historias de los Tupamaros (Ediciones de la Banda Oriental, 1986).

Cuenta aquella leyenda que

 “era una Doble San Jacinto […] y venía escapado Atilio François. La época en que recién empezaban a llegar los cambios Campagnolo, la época de los rodados de madera […]

Venía escapado Atilio y a rueda, agazapado, el Pepe Mujica.

El único que (aún hoy no saben bien cómo) le aguantó la rueda al León de Carmelo esa mañana.

Al principio casi no hubo problemas. Pero a la vuelta… cuando Atilio cargó toda la transmisión, el Pepe quedó en la punta del asiento apretando los dientes, sin mirar para ningún otro lado más que a aquel tubo trasero que zumbaba, escupía piedritas y cada vez rodaba más ligero.

Un suplicio se fue haciendo la mañana [sic] a medida que pasaban los kilómetros y luego a medida que pasaban las cuadras. 

El hambre, un hambre feroz, le aferró el estómago al Pepe. En la camiseta, atrás, venían colgando dos bananas […]

¿Cómo mierda soltar el manillar, sacar una banana, pelarla y aguantar esa rueda? Imposible.

Pero el hambre es inapelable. En una bajada el Pepe manoteó la banana y se la comió con cáscara y todo.

Fue en vano: en el tercer repecho Atilio lo plantó”.

Otro de sus compañeros de militancia, Carlos Graña, tiene otra leyenda sobre Mujica ciclista, una historia distinta a la anterior, pero con puntas de conexión: 

“El Pepe una vez me contó que corrió una Vuelta Ciclista del Uruguay y compartió carrera con [Atilio] François, el capo este que había batido todos los récords. Pasaban un hambre bárbara cuando corrían porque competían a nivel individual, sin equipo, no como los buenos corredores que tenían equipos y una infraestructura de la gran siete. Una vez me contó que le habían pasado una pera o una manzana en medio de una carrera y no lo podía creer. Esto me lo contó hace, no sé, capaz que 40 años. Debe haber sido después de salir de la cana, un día en el que hablábamos de que andaba mucho en bicicleta, era florista, y como florista tenía un carro, y en el carro se cruzaba muchas veces con Luis Batlle, el presidente de la República, y le vendía flores a su señora […] De repente son todas boludeces, pero te conté lo que me acordé ahora”. 

Más que relatos orales que parecen cuentos, Marcelo Estefanell no olvida la vez que, estando en la clandestinidad oscura entre los montes, a las afueras de Montevideo, una noche tuvo fiebre y sintió que podía morir de frío. Pepe le preguntó dos o tres veces cómo estaba. A la siguiente, con Estefanell temblando, Mujica lo cargó en la bicicleta. El Pepe tendría 35 años y Marcelo no más de 21. Mujica lo sentó en el cuadro, le dijo que se sostuviera del manillar como pudiera y pedaleó. Una hora así, en un terreno que ni se parecía a una calle o carretera asfaltada: era pasto o tierra, a lo sumo callejuelas llenas de baches. Llegaron a un pueblo que Estefanell no recuerda o no se debía saber. En una casa, refugio tupamaro, el Pepe descargó a su amigo y lo sentó frente a una estufa a leña. No se movieron de ahí hasta que Estefanell se recuperó. A la vuelta, el joven, sorprendido, le preguntó cómo hizo, de dónde sacó fuerzas para pedalear así. Fue la vez que, en medio de la lucha armada, Estefanell se enteró de que Mujica había sido ciclista. “Mi pasión de joven fue la bicicleta”, cuenta Marcelo que le dijo el Pepe.

Walter Pernas, periodista que escribió la biografía novelada sobre el Pepe, Comandante Facundo (Aguilar, 2013), narra que Mujica “aprovechó algunas ediciones de la Vuelta Ciclista del Uruguay para que las ‘encomiendas’ llegaran sin despertar sospechas”. Encomiendas: armas, dinamita, municiones, equipos de comunicación y vestimenta para camuflarse que llegaban desde Argentina, contrabandeados por el río Uruguay.

También queda para la imaginación la vez que, en una redada, con las fuerzas represivas cercándolo, encontró su escape en los pedales: salió por la calle del costado mirando cómo sus perseguidores y pretendidos captores buscaban donde ya no estaba. Se les fue en bicicleta, vestido de civil, como cualquier ciudadano que podía pasar por la calle.

***

Kilómetros recorridos. En el horizonte su destino, el final, que será también el comienzo de lo imborrable, eso que llaman legado. Pepe Mujica, en uno de sus últimos discursos, le agradeció al pueblo. Con la voz entrecortada pero con la potencia de siempre, fue simple: “Gracias por existir. Hasta siempre”.

No fueron pocos quienes contestaron: “Gracias a vos”.

Esa vez, que fue su última aparición pública en un acto político, con el cáncer muy avanzado, pero dando lucha, al pie del cañón del candidato a la presidencia Yamandú Orsi, quien lo presentó fue su compañera, Lucía Topolansky. Dijo que alguna vez se le ocurrió armar un gran pelotón para marchar por el país y si no lo hizo fue porque faltaba él. Mujica apareció en el estrado, lento pero seguro, mientras en la pantalla gigante se mostraban las bicicleteadas de cuando todo empezó. Lucía lo presentó así: “El último ciclista llegó y está acá. ¡Ahí viene! ¡Cumplimos, estamos todos!”.

Mujica le habló a la multitud. “Soy un anciano que está muy cerca de emprender la retirada de donde no se vuelve. Pero soy feliz porque están ustedes. Porque cuando mis brazos se vayan habrá miles de brazos sustituyendo la lucha. […] Porque la lucha continúa por un mundo mejor”. 

La vida y el ciclismo se parecen cuando hay carreras que no son en vano. Tras su paso queda una forma de estar en el mundo que no se puede olvidar. Y en su chacra, ese pedazo de mundo tan identitario, entre lo que queda, recostada, dejó la bicicleta que se compró vendiendo flores. 

Entonces, otra vez el fuego: 

"No hay una meta, no hay un arco del triunfo, un paraíso que nos reciba, no hay odaliscas que te van a recibir porque moriste en la guerra. No, la quedaste y punto. Lo que hay es otra cosa, es la hermosura de vivir al tope, de querer la vida en cualquier circunstancia y luchar por ella, e intentar transmitirla porque la vida no solo es recibir; es, antes que nada, dar algo de lo que tenemos. Por jodido que estés, siempre tenés algo para darles a los demás". 

 

ACERCA DEL AUTOR


Periodista y editor en el periódico la diaria, corrector de estilo, gestor cultural. Publicó cinco libros: El lado b (Ediciones Túnel, 2015 - relatos); Toda la verdad es imposible (Rumbo Editorial, 2019 - cuentos); Mateo solo bien se lame (Estuario Editora, 2022 – no ficción); El tiempo que nos pertenecía (Ediciones del Berretín, 2022 - novela); y La bici (Grijalbo-PRH, 2022 – no ficción). Salvo el primero, que fue una coautoría junto al poeta uruguayo Agustín Lucas, publicó con su sobrenombre, Mintxo.